jueves, 10 de noviembre de 2016

TRUMP

ALGO SOBRE TRUMP

Da la impresión de que en los análisis que se leen desde ayer se utilizan términos y conceptos que ya no son adecuados para explicar las realidades cambiantes a las que asistimos hoy día. Si lo viejos términos de "derechas" e "izquierdas" son por completo inservibles, los nuevos términos que intentan sustituirlos como el "establishment" o "casta", el "populismo" o la "gente" tampoco están siendo demasiado acertados, y mucho menos las mezclas de ambos como puedan ser "populismos de derechas" o "populismos de izquierdas"

El único término que parece dar cuenta de un modo más ajustado de la realidad de lo que sucede es el de GLOBALIZACIÓN. Y debemos distinguir aquí dos niveles: la globalización de la economía mundial, que viene de la mano de la deslocalización de la producción, de los intentos de establecer un libre comercio mundial y de la irrupción de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, y un segundo nivel al que podríamos llamar la globalización cultural. Este segundo nivel es la clave para entender lo que está ocurriendo.

Un mercado global necesita de una ciudadanía global. Pero mientras la economía se ha globalizado por su propia dinámica expansiva interna, la ciudadanía global ha intentado crearse mediante prácticas de ingeniería social que forzaran la aparición de la misma. Y es aquí donde han aparecido las resistencias.

Existe en la agenda política internacional un modelo standard de "ciudadano global", con unas características diseñadas en laboratorio y que se intentan inocular en toda la población mundial mediante la mencionada ingeniería social: el ciudadano global deberá ser multicultural, libre de tradiciones religiosas "antiguas", sensible con el medio ambiente, animalista, pacifista, tolerante, heterohomopolisexual y de género ambivalente, y por supuesto, multinacional o mejor internacionalista. Son las notas distintivas de este modelo standard de ciudadano global que se ha estado intentando crear artificialmente desde hace décadas.

El problema, y no es pequeño en absoluto, es que la instauración artificial, de diseño, prefabricada de este standard que suele asociarse con algo llamado marxismo cultural hoy día choca frontalmente con las identidades preexistentes desde siglos y que se fueron formando a lo largo del tiempo de un modo natural.

Las resistencias a esta globalización cultural se deben, por tanto, a que millones de personas en todo el mundo se han sentido agredidas en su identidad por esta pretensión uniformadora forzada y artificial.

En primer lugar, las grandes tradiciones religiosas. De entre todas ellas, la reacción más fuerte y violenta ha tenido lugar en el Islam, pero no hay que engañarse pensando que sólo ha ocurrido aquí. El intento de imposición de esos ejes vertebradores de la ciudadanía global artificial que se quiere imponer, como el de la ideología de género, ha suscitado reacciones brutales en este entorno.

Por otra parte, están apareciendo resistencias muy fuertes también por el lado de los sentimientos nacionales tradicionales. El mayor exponente hoy día es Putin en Rusia, y en esta línea hay que situar también la victoria de Trump y la existencia de movimientos como el Frente Nacional francés de Le Pen y fenómenos similares en Europa.

Y por último, y como fenómenos residuales hay que situar eso que llaman "populismos de izquierdas", tanto en América como en el ámbito mediterráneo, que son movimientos en contradicción flagrante consigo mismos al posicionarse contra la globalización económica pero a favor de la globalización cultural, lo que los condena a una rápida desaparición.

El problema, por tanto es que existen unas "mayorías naturales" en todo el planeta que se sienten agredidas por los procesos de globalización, tanto económicos como culturales, olvidadas por los poderes públicos, dejadas de lado por los poderes económicos y como remate, insultadas y despreciadas por unos y otros, que se refieren a ellas como los campesinos incultos, sin estudios, viejos, carcas e inmovilistas.

Y son estas mayorías silenciosas las que se han cansado de soportar tanto olvido y tanto insulto, en nombre de la igualdad de género, de la fraternidad universal, del homosexualismo del ecologismo de salón, del animalismo de postureo o de cualquier otro dogma minoritario que se trate de imponer por la fuerza sutil de la ingeniería social.

Este y no otro es el fenómeno al que estamos asistiendo: personas que han crecido en valores tradicionales, que han formado una familia y que trabajan para sacarla adelante y se sienten parte de una comunidad nacional histórica muy definida y que no tienen ninguna otra pretensión más, han sido de tal modo agredidos en sus identidades que se levantan por todas partes con la única y exclusiva reivindicación de que les dejen en paz. Por añadidura, ese ciudadanito global de diseño que se ve proliferar por todas partes les resulta cada vez más insoportable, precisamente, por ser de diseño, un simple ser artificial ajeno por completo a si mismo y que se disuelve en la nada al primer soplo.

Y todos los análisis que se distraigan de esto estarán incurriendo en un error de base: hay que abandonar de una vez por todas las prácticas de ingeniería social tendentes a producir "ciudadanos globales" como si de una fábrica de producción en cadena se tratara. Si alguna vez llega a existir una ciudadanía global, debe ser como consecuencia de procesos naturales que tengan lugar en el seno de las sociedades, porque intentar la vía rápida de su producción artificial sólo provoca reacciones defensivas que pueden llegar a ser muy violentas, ya que el nivel de hartazgo está creciendo hasta límites insospechados.

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