domingo, 14 de mayo de 2017

ODIO AL GUAPO

ODIO AL GUAPO.


A menudo nuestro juicio hacia artistas y famosos en general, se ve determinado por condicionamientos subconscientes que conviene desenmascarar.

Uno de los más frecuentes es el prejuicio contra los guapos.

 Nuestros propios complejos salen a relucir cuando ponderamos con mayor generosidad a todos aquellos que son del montón físico en el que nos consideramos inmersos, o de él para abajo.

Es una actitud de criptoenvidia que, al ser compartida por tanta gente, queda impune.

En realidad muchas personas tienen unos celos descomunales hacia los semejantes enormemente bellos, y trata como de compensar la suerte que estos tuvieron en la lotería de la simetría física, penalizando a los guapos en otros aspectos de la vida.

El extra perfecto es juzgado severamente durante toda su existencia por celos, y es obligado a demostrar permanentemente que no es tonto, que es culto, que tiene metas...

Ejemplos tenemos muchos; con los actores, por ejemplo, se ve nítidamente. Los Al Pacino, Dustin Hoffman o Robert De Niro, fueron sobrevalorados siempre precisamente por tener rostros normalitos tirando a poco agraciados. Por contra, un Brad Pit, a menudo sublime, o un Michael Fassbender, o hacen un papel de enfermo o deformado, o no se comen un colín con los críticos.

Nos cuesta aplaudir a Apolos y Afroditas, es como si merecieran un castigo por su suerte.

Lo mismo pasa con los deportistas, la gente tiende a pensar que Messi es mejor persona que Cristiano Ronaldo, porque a este último no se le perdona ser guapo. Hay un profundo desprecio en esta forma de pensar, algo oscuro que el propio Messi detecta. En el fondo lo daría todo por ser como Cristiano físicamente.

Lionel sale de un juzgado acusado de fraude fiscal, y es aplaudido. Mientras, al apolíneo Cristiano no se le perdona el mínimo gesto. Es como si la gente pensara: "Encima de lo guapo que eres, no se te ocurra cometer ningún error". ¿Y el otro?, ¡Qué mas da, mira su carita!. Somos malos, muy malos.

En mujeres el asunto incluso se acentúa. La amiga megaguapa es un enemigo a batir desde el colegio. Genera a su alrededor, sin quererlo, unas dinámicas que incomodan a todo el mundo. No hablo de gente guapetona, que somos todos, hablo de esas personas realmente espectaculares.

Verse rodeadas de tal revuelo las marca; gestionar emocionalmente las sinergia que provocan es lo peor de su propia maldición.

He conocido casos increíbles que sufrían mucho. Chicas que, deliberadamente, trataban de afearse, de vestir gris, para que las dejen en paz, para que alguien vea más allá de su hermosa faz; ansiando gustar por su persona, su alma, su carácter.

Hartas de que todo el mundo se enamore perdidamente de ellas, sus amigos, sus compañeros, los padres de sus amigos, todos... no consiguen encontrar amistad sincera. Siempre, detrás, está lo mismo. Una pesadilla.

Por eso los feítos simpáticos caen bien a todo el mundo, y por eso también pueden ser peligrosísimos cuando se dan cuenta de ello. Las peores personas que conozco son así.

El odio al guapo es como todas las fobias, se ampara en el número. Son menos, igual que los genios. La masa humana social aborrece y penaliza a los privilegiados por la naturaleza, por eso, consciente o inconscientemente, les desea el mal.

Es el motivo del éxito de las revistas y los programas de TV del llamado Corazón. Ver las desgracias de los guapos nos produce un gozo profundo, nos consuela, nos colma de un sentimiento de venganza y justicia poética perverso.

Por eso la gente se extraña cuando les digo que no quiero que mis hijos sean mega guapos, me basta con guapetones, su vida será mejor.

A


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